
Foto: Robin Canul / Jaltún
Hay momentos en los que la separación entre la máscara resplandeciente y las fauces voraces del capitalismo es tan pequeña que resulta difícil hacerse el pendejo.
De un lado está Bacalar, su Laguna, paraíso publicitado del ocio y el descanso. Última parada de este entramado hiperturístico que viene descendiendo desde Cancún, Playa y Tulum. Lugar en el que, día sí y día también, llegan transplantados miles de turistas - ya sea en sus ‘rent a car’, vans privadas o camiones de ADO - y que tal y como llegan se dispersan a sus respectivos hoteles y airbnbis, ocupando tramo a tramo la orilla poniente de la Laguna.
Desde ahí la vista no tiene pérdida, por esa ventana de selva privilegiada puedes ver amanecer sobre la Laguna y disfrutar de la calma apacible de sus aguas dulces y cristalinas por el resto del día. Ya en la tarde, obvio, no te faltará opción de entretenimiento: salir a comer a algún restaurante del centro, con suerte no tan disneyificado pero algo bien pues, unos ’gnocchi alla pibil’ por ejemplo para ya después seguirla en algún cotorréo con aires tuluminati que congregue al resto de parentesco de turistas con ganas de seguirle a la pary. Todo una superestructura en fin, servicial para quienes tienen la posibilidad de pagar ese caché y dispuesta a refrendar una narrativa vacacional que oscila entre la aventura selvática, ruinas, lancha y kayak y el modo relax deluxe, piña colada en hamaca, detox, jacuzzi, exclusividad.
Al otro lado, de espaldas a la Laguna, segregado por esa frontera tácita entre población local y turista que ejerce la carretera, se despliega otra realidad menos edulcorada. Los barrios y comunidades de servicio, creciendo atropelladamente, intentando acomodar a nueva población de trabajadores y migrantes sin ningún plan de ordenamiento, no uno muy notable al menos. Barrios carentes de infraestructura y servicios, más allá de la tiendita de abarrotes de la esquina que ofrece la dieta trinitaria de Coca, Maruchan y Marinela. Asentamientos perceptiblemente inseguros sin alumbrado al anochecer, sin servicio aparente de recolección de basura ni a veces de distribución de agua por parte de la Comisión. Espacios en los que la tan aludida “derrama económica” es un sueño, nube al viento, que al despertar retorna una realidad de servidumbre, oculta en esta fantasía de acceso a la modernidad: cel, refri, tv del Elektra y un crédito de Coppel para poder ir en la Vento a chambear.
Como límite vigente al poniente de estos barrios y a unos 2 km de la carretera se despliega la otra frontera, el paso del Tren Maya abriéndose entre la selva. Bocado a bocado de retroexcavadora , hundiendo el colmillo metálico, raspando, dejando expuesta la vena de tierra roja, sangrando entre el llanto polifónico de todos sus seres auyentados. Palas, sierras, dragas, volquetas, martillos, camiones, compactadoras y todo un despliegue imperial de maquinaria pesada avanzando metro a metro, sin descanso, con su rumor constante y percutivo que aún resuena más cuando se propaga en la oscuridad, noche tras noche, bajo el secretismo de la batuta asincopada de la Sedena, ahora con el mandato de expandir el turismo de masas a la región, ¡A paso veloz, mi General!
Finalmente, siguiendo en sentido poniente y a unos 4 km del trazo del tren se encuentra el límite del ejido Salamanca. Desde que los menonitas llegaron ahí en 2005 habiendo comprado 5000 hectáreas de selva, ahora quedan menos de 50. En menos de 20 años arrasaron toda esta extensión prístina para el monocultivo de soya, sorgo y maíz, digamos que con el visto bueno de los ejidatarios que vendieron sus tierras, funcionarios municipales, gobernadores, Profepas y Semarnats, y el Gobierno de México claro, quién en 2022 celebrando el centenario de su llegada a México desde Canadá, los encumbró en una moneda de 20 pesos con el texto marcial “Comunidad Pionera”.
Recorrer así capa a capa esta sección transversal, o bien deprime hasta la médula, o bien actúa de revulsivo contra este discurso hegemónico que insiste y asegura, sin reparar en gastos de publicidad, que todo este crecimiento, muy sostenible y sustentable, repercute directamente en la prosperidad de la población. Aún así siempre en algún punto se puede transicionar del ver: algo que sucede en frente de nuestro campo de visión, al mirar: a la acción voluntaria en que se fija la atención de manera intencional.
Cada vez resulta más evidente para muchas y muchos que estos megaproyectos de inversión y turistificación masiva perpetúan esta brecha social ya existente y aumentan la marginación. Sólo hay que repasar la evolución histórica del proyecto emblema del CIP en Cancún por parte de Fonatur y de las élites político-empresariales a inicios de los años 70. Ese molde extractivista en el que la industria turística ha venido entrelazándose junto a la inmobiliaria y criminal, propagándose a puro copy y paste a lo largo de toda la costa de Quinta Roo con todas las consecuencias más que de sobra conocidas.
Pero eso si, ahora con el Tren Maya, que todo lo conecta y amplifica, la cosa será diferente. A partir de ahora Bacalar vivirá del turismo y no el turismo de Bacalar.


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Los mapas anteriores permiten concluir la necesidad de analizar el proyecto de Tren Maya de manera integrada al conjunto de proyectos y sectores del capital con los cuales se relaciona. En este sentido es interesante analizarlo desde la perspectiva de un solo megaproyecto que se planea para el “desarrollo” del sureste de méxico. El Tren Maya tiene una estrecha relación con otros dos de los principales proyectos de este sexenio: la refinería Dos Bocas en Tabasco y el Programa para el Desarrollo Integral del Istmo de Tehuantepec (corredor transístmico).
Esos tres proyectos buscan funcionar de manera articulada para permitir la extracción y mercantilización de recursos como el petróleo (84 % de reservas probadas de petróleo al nivel nacional están en ubicadas en esta zona), los minerales, el agua, la tierra, la biodiversidad etc.; su tránsito (tren de carga del Tren Maya + Tren Transístmico); y su exportación hacia los mercados asiáticos, estadounidense o europeos. Además estos proyectos representan claramente una estrategia para el reforzamiento del control migratorio que exige el gobierno de Trump al gobierno mexicano. La zona libre declarada para el proyecto del transístmico, en la cual se instalarán parques industriales del modelo maquilador, coincide perfectamente con la zona de contención definida en el Programa Frontera Sur para el control migratorio. La idea es aprovechar esta mano de obra muy barata que representa la población migrante y la población mexicana del sureste para explotarlos en esos parques maquiladores, en la construcción de los polos de “desarrollo” asociados al Tren o mediante la infraestructura turística prevista a partirdel mismo modelo de explotación laboral de las zonas hoteleras de Quintana Roo.
Los pueblos ponen sus bienes comunes (tierra, agua, cultura) y su fuerza de trabajo, los empresarios ponen su dinero y los de siempre se quedan con la riqueza: ese es el modelo de desarrollo que se plantea para el sureste mexicano.
Tren Maya como nueva infraestructura de articulación de los capitales agroindustriales y turísticos inmobiliarios en la península - GeoComunes (www.geocomunes.org)

