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Regresamos a ofrendar las vasijas a Buenavista el 7 de abril, un día antes del eclipse solar. Ese día fuimos a buscar a Fili temprano y nos dirigimos hacia la Laguna Conejo. Cuando pasamos por la zona donde antes habíamos encontrado los tepalcates, vimos que estaba ya completamente aplanada y transformada en un terraplén. También observamos mucha maquinaria nueva proveniente de la construcción del puente sobre la laguna, con sus pilares como estacas de concreto al fondo. Nos alejamos rápido de las obras y nos internamos hacia la selva, Fili adelante con el machete abriendo vereda y nosotres detrás. Después de un rato haciéndonos camino entre arbustos espinados llegamos a la orilla de la laguna. Ahí entre nenúfares blancos dejamos flotar las vasijas. Unas se alejaron rumbo poniente transportadas por la corriente, otras se hundieron y alguna quedó escondida entre los juncos y el zacatal. Los tres nos quedamos en silencio por unos pocos segundos, contemplando cómo la ofrenda, conjurada durante todo este tiempo, se reintegraba a su lugar de origen en un breve ritual íntimo de renovación. A lo lejos se veía a las máquinas seguir su curso. Después, ya demasiado hartos de los mosquitos incesantes, embarrados de lodo negro y rendidos por el sol, decidimos regresar al pueblo y obsequiarnos una buena comida de celebración.


Después de ofrendar las vasijas, regresamos por el camino que pasa junto al poste de alta tensión, el mismo lugar donde, hace más de un año, encontramos algunos tepalcates. Al acercarnos, notamos algo nuevo: al lado de unas lonas de plástico negro que cubrían la tierra, se veían unas terrazas rectangulares, fruto de algún trabajo de exploración estratigráfico realizado por el INAH, que antes no estaba ahí.
En caso de que realmente existiera un registro de salvamento arqueológico en esa área específica y el INAH lo considerara pertinente, podríamos complementar sus registros y estudios con los fragmentos que recuperamos, así como con toda la investigación detallada que hemos llevado a cabo hasta ahora. Esta colaboración entre una forma de ‘arqueología ciudadana’ (en analogía con la ‘ciencia ciudadana’) y los investigadores expertos del INAH podría ayudar a enriquecer el conocimiento arqueológico del lugar, y sería una oportunidad para preservar y valorar un legado que, de otro modo, habría quedado enterrado en el olvido.