
Foto: Omar Said
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Entre lo que se estudia y escribe en los textos y lo que se percibe y existe en la realidad hay un hueco de posibilidades. Recorriendo la fisura deforestada de la selva en Buenavista pudimos constatar la pertinencia de la palabra ‘ecocidio’. Observando ese corte ya de cerca, bajo nuestros pies y entre la tierra batida emergió el rastro de otro neologismo, el ’epistemicidio’: la destrucción de saberes de un pueblo original. Todo ese contexto se nos revolvía en el estómago en una sensación siniestra de eterno retorno en la que las historias de la conquista de hace 500 años transmutaban perversamente en las del neoliberalismo actual. La imagen del fuego incinerando símbolos de culto, objetos sagrados y códices en un hoguera frente al convento de Maní se actualizaba en un desfile de maquinaria militar abriendo paso al desarrollo del capital.
Ahí estuvimos de testigos, un catalán y una defeña transplantados a la Península, empeñados en dedicar nuestras tardes a recorrer de arriba a abajo los trechos lacerados de la selva. Explorando sus escalas, registrando en ella presencias y ausencias, investigando ese contexto, con la resolución de recolectar todos esos fragmentos de historia olvidada disgregados a lo largo de ese caminar. Nos percibíamos tan pequeños ante tanta abundancia de vida estallando desde las copas, a más de 30 metros, hasta los adentros de las marañas infinitas enredadas en el manto en descomposición. Conscientes del privilegio de poder habitar ese ecosistema tan estallado, exuberante y opulento, tan único, sentíamos al mismo tiempo un deber ineludible que nos impulsaba a alzar nuestra voz frente a tanta y tanta destrucción.
Caminando y transitando en el devenir de la recolección radical, el colectivo recolectivo de irrealidades colectó a lo largo de casi tres meses casi dos cajas de tepalcates. Un parte ínfima, y no, de historia rescatada en comparación a las cifras oficiales del INAH que indican el registro y preservación de 1,453,196 fragmentos de cerámica a lo largo de todos los tramos del tren. De todos modos para nosotres eran demasiado valiosos cada uno de esos fragmentos. Cada contorno único de fractura, textura y geometría contenía el posible relato de la mano que lo había modelado, de las comidas que había contenido, del agua que había transportado. Contenía muchas voces sedimentadas en estado de dormancia, que al ver la luz de nuevo podían volver a hablar.
Consultando con Fili sentimos que no era el momento más propicio para regresar los tepalcates que encontramos al ejido de Buenavista; lo cual creíamos y seguimos creyendo que es lo que tendría que suceder idealmente. Tal vez más adelante, cuando toda la situación no estuviera tan revuelta por el contexto del tren, las podríamos regresar. Esas piezas pertenecen ahí y ahí tendrían que formar parte de un espacio que el ejido dedicara para su resguardo y difusión entre sus habitantes. Una especie de espacio para la memoria, que sirviera para que la comunidad afirmara la posesión física y simbólica de esos fragmentos rotos de patrimonio, a través de sus propias formas de entendimiento y organización.
Induciendo poder alcanzar ese objetivo a futuro, iniciamos la gestación de una etapa dedicada a compartir toda esta narración; utilizando la presencia de los tepalcates como un dispositivo detonador de preguntas, para hablar de su contexto de desolación ambiental y fragilidad patrimonial, de su contexto de extractivismo y hiperturistificación. La búsqueda de transformar todo esto que vivimos en un proyecto de investigación artística parecía razonable y necesario a la vez, y así con este aleteo de dudas y posibilidades nos trasladamos a Jo’ - Mérida a principios de enero de 2023.




